Formas de democracia digital y regulación tecnológica.

Salvador Millaleo

Expuesto en Encuentro Interuniversitario de Derecho y Tecnologías, 15 de Enero 2010, Ex-Congreso Nacional, Santiago de Chile. http://www.e-derecho.cl

Lo que vamos a intentar aquí es una reflexión de cómo las formas ideales de entender la democracia condicionan las formas de regulación tecnológica que toman lugar en sociedades democráticas.

A menudo, se ha considerado la tecnología como un puente hacia un futuro mejor. Efectivamente los discursos sobre la tecnología en las sociedades tienen por función, si es que alguna función tienen, conectar la sociedad con su futuro y en sustituir los esfuerzos de la memoria con las posibilidades de la innovación. La orientación al futuro en sí misma flexibiliza para la sociedad su relación con el pasado y la induce a experimentar.

Las sociedades modernas son sociedades de la experimentación, que duda cabe, pero dicha experimentación no es de ninguna manera una actividad franqueada de todo límite o condición. La tecnología es posible sólo en determinados entornos institucionales que la sociedad dispone. Ya sea para la orientación de la experimentación misma, o bien para su consolidación en trayectorias tecnológicas, como lo sugiere Giovanni Dosi, o el control de la producción de conocimientos nuevos, como lo indica Nico Stehr, la sociedad ordena el proceso tecnológico en todas sus formas y tiempos, desde la génesis hasta su utilización. Es por ello que la forma en que se distribuye el poder social no es indiferente para la génesis o el uso de la tecnología.

La idea de la democracia ha estado íntimamente ligada a la trayectoria de las tecnologías de las información. Tempranamente ha sido proyectada como un horizonte normativo hacia el cual la revolución de esas tecnologías apuntaban. Bajo las deficiones de teledemocracia, que apuntaba a las posibilidades de intervención del ciudadano en la política por los medios electrónicos, o ciberdemocracia, que se refiere a las formas horizontales de relacionamiento en las comunidades virtuales, la idea de democracia ha sido sistemáticamente asociada con la forma en que las tecnologías de la información están transformando nuestro mundo. En las ya clásicas palabras de Mark Poster, „Internet parece desalentar el apoyo de individuos con un estatus inflado. El ejemplo de la investigación científica ilustra este punto. La formación de cánones y autoridades es seriamente afectada por la naturaleza electrónica de los textos. Los textos llegan a ser ‘hipertextos’, los cuales son reconstruidos por el acto de leer, dar una interpetación y romper la estabilidad de los expertos y autoridades“.1 La tradición de las tecnologías de la información está vinculada a ideas de democracia participativa que cuestionan la suficiencia o siquiera la existencia de una verdadera democracia bajo las formas de la democracia representativa, ya sea desde una perspectiva utópica – como en las ideas anarquistas de la llamada ideología californiana en la cultura Hacker- o desde las propias posibilidades del código informático como código abierto. Si la democracia representativa consiste en una expropiación de los medios de producción políticos a los ciudadanos por parte de las élites, como lo grafica lúcidamente el análisis de Pierre Bourdieu, la tecnología de la información buscaría, de acuerdo a aquellas ideas, la recuperación ciudadana del poder.

Más allá de estas semánticas de lo democrático-virtual, la relación de la democracia con las tecnologías de la información ha distado de ser lo que desearon los pioneros de la cultura digital. Tempranamente fue demoxtrado que dichas tecnologías no necesariamente van en interés de la democracia, pues ello depende, del tipo de política con el cual se relacionen. Internet apoya intentos de centralizar la política como aquellos que la buscan descentralizar. En la misma democracia, depende de sus variados tipos.

Los tipos de la democracia procedimental, esto es, que se define por reglas de distribución de competencias y legitimidad por procedimientos, y de competencia de elites, esto es, que supone el conflicto entre élites por obtener el apoyo del público, tienden a reforzar la política institucional con los recursos de las tecnologías de la información, donde la cyberdemocracia tiende a ser absorvida por las plataformas de gobierno electrónico y este último a ser definido por la digitalización de los procesos burocráticos reales y el distanciamiento respecto de los llamados derechos de los usuarios. Una muestra de esos procesos se pudo ver en el reforzamiento de los procesos de seguridad electrónica que tomaron lugar después del 11 de septiembre norteamericano, que fortalecieron el control estatal sobre las comunicaciones informáticas. Otra muestra son las amenazas a las libertades de los usuarios para acceder a la cultura digital mediante procedimientos administrativos de tutela de la propiedad intelectual. En general, es sorprendente la capacidad de las democracias de élites para domesticar las tecnologías de la información, cooptarlas y reforzar las posiciones privilegiadas con ellas, como está sucediendo con las de la web 2.0 actualmente, que quedan a disposición de los cyberpartidos y de las grandes empresas.

Las formas de regulación tecnológica que corresponden a tales democracias consisten en centralizaciones horizontales de la información, en la cual los ciudadanos son llevados a procedimientos electrónicos que no pueden alterar. El objetivo principal de dichas políticas es la eficiencia y la reducción de costos, para transformar a las burocracias en verdaderas infocracias. Ello supone el acceso universal de los ciudadanos, pero el uso de los contenidos es determinado por las infocracias. El alcance de la tecnología se limita, sin embargo, cuando se puede afectar una posición privilegiada, como muestran las reticencias de usar voz sobre IP en el Estado porque puede afectar la posición de las industrias telefónicas.

Formas menos usuales, pero más incluisvas de la democracia reclaman, sin embargo, tales tencologías como propias. Dichas formas diferencian claramente la cyberdemocracia del gobierno electrónico y generan políticas de regulación que promueven el empoderamiento de los usuarios de las redes electrónicas por sobre el de las élites políticas y económicas. En primer lugar, la democracia plebiscitaria, en el sentido de una forma de gobierno en que se consulta permanentemente a los ciudadanos para gobernar y no sólo cuando hay elecciones, resuelve con las TI los problemas que Montesquieu diganosticaba en la democracia directa, a saber, complejidad e inocuidad. Con las TI, se pueden hacer fácilmente consultas ciudadanas permanentes, determinar presupuestos inteligentes, y establecer prioridades de gobierno y de legislación que tengan respaldo popular. En segundo lugar está la democracia pluralista, en al cual la voluntad democrática o se forma con una mayoria ocasional sino gracias a coaliciones de minorías que cambian constantemente. En dicha democracia se promueve el pluralismo, sobre todo en los medios, y se aprovecha la flexibilidad y el poder de los nuevos medios de comunicación para establecer canales de comunicación en la sociedad, no sólo para los políticos sino también para las organizaciones de la sociedad civil. La proliferación de los foros sobre políticas públicas para la génesis de éstas y su evaluación democrática es un elemento consubstancial a esta forma de gobierno, así como el pleno y transparente acceso a la información pública y la inclusión de grupos vulnerables. Por último, la democracia participativa, busca la decisión directa de los ciudadanos en los procesos políticos sin recurso a sus representantes. Dicha forma ha encontrado en las tecnologías de la información, sobre todo, de la web 2.0 su aliado más fuerte. Las peticiones electrónicas, la posibilidad de legislación directa mediante votación electrónica, la difusión global de la información pública en lo que se ha llamado la democracia de código abierto, la socialización del conocimiento y la democratización de la experticia son elementos constituyentes de dicha forma de gobierno.

Las formas de gobierno recién nombradas fomentan regulaciones que fortalezcan los derechos de los ciudadanos como usuarios de redes de conocimiento, de nuevos medios y como productores de comunicación en ellos. El apoyo de la autocomunicación y la autopresentación pública de la identidad en Internet es decisiva para los efectos descentralizadores de las TI. La regulación tenderá entonces a evitar censurar los contenidos de Internet, así como otras formas de control de las comunicaciones electrónicas. También evitaría cualquier forma de monopolización de la información y del acceso a la cultura digital. Los problemas del acceso universal ya no serían problemas de acceso a los aparatos, sino más bien un acceso integral a los procesos tecnológicos y a la producción de culturas digitales. Uno de los factores más interesantes que ofrece este tipo de democracia electrónica es el quiebre de la separación entre expertos y legos, en el sentido que la política que proponen los expertos queda expuesta sin límites a las críticas de legos o expertos disidentes, que reciben igualdad de oportunidades para influir el proceso político. La política tecnológica deja de ser un monopolio de los que saben y pasa reconocer lo que siempre ha sido, una construcción social impredecible. Esto altera el modelo de gobierno electrónico, que tiende a transformarse en un actor de las redes de conocimiento y ya no ser más en un mero distribuidor de bienes y de información.

Si bien, la democracia representativa no puede desecharse, si puede mejorarse ampliamente por la realización de las diferentes formas de una democracia más inclusiva. Estas formas de la democracia se condicen mejor con la complejidad del mundo en que habitamos, puesto que están ás cerca de la naturaleza de la institución democrática. La institución democrática es, en palabras de Chantall Mouffe, el orden inacabo de lo imprevisible. En palabras de Charles Lindblom, es el orden más inteligente de que disponemos, porque corresponde a una inteligencia distribuida, en que mientras más sean los que converjan en ellas, mejores son las decisiones, tal y como predice la Ley de Linus Torvalds. Sin embargo, la inteligencia de la democracia, no reside tanto en que sabemos más gracias a ella. El descubirmiento de la experiencia de los procesos de regulación tecnológica apunta precisamente en dirección contraria. La sociedad del conocimiento es una sociedad del no daber, del riesgo, donde todos los conocimientos son difusos, contradictorios, vagos e imprecisos. La democracia, gracias a su imprevisiblidad y flexibilidad distribuye mejor los riegos no saber y nos provee de interpretaciones sólidas para orentarse en las incertidumbres del futuro de la sociedad. Sólo una democracia electrónica efectiva y que evite las trampas de las democracias meramente procedimentales y de élites puede brindar soporte a dichos propósitos.

1Poster, Mark, CyberDemocracy: Internet and the Public Sphere, University of California, Irvine, 1995.

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